Cada una de sus bellezas culturales, son en sí un regalo: la enorme Mezquita Azul, la iglesia Santa Sofía convertida en mezquita, la silueta de lo que fue un Hipódromo, los baños de Roxelana ejemplo de baños turcos, la Cisterna de las 1.000 columnas que abastecía la ciudad de agua potable o los mosaicos bizantinos de la Iglesia de San Salvador de Chova.
Curiosa coincidencia comprobar la importancia de la Mezquita Süleymaniye que había construido a su alrededor una comunidad con universidad, hospital y comedor de caridad ¿no nos recuerda los monasterios de nuestra cultura cristiana?
Un paseo por el Bósforo puede hacerte olvidar que estas simplemente de viaje y llevarte en un sueño de las mil y una noche pudiendo contemplar otra panorámica de la ciudad en una de sus casas otomanas que todavía conservan su embarcadero.
Las excentricidades del Palacio Dolmababçe donde en plena decadencia el Sultán mando construirlo obligando a pedir préstamos para acabarlo. Cosas de la vida… allí murió a las 9,10h Ataturk el padre fundador de la Turquía moderna.
Mi gran amor fue la Torre Gálata, que desde donde fueres la encontrases. Escondida entre edificios a la otra orilla de Europa y mirando despaldas a Asia en pleno barrio de Beyoglu. El gran descubrimiento fue el Monasterio Mevlevi de la secta sufí más conocida por los Derviches Danzantes que despliegan sus grandes faldas circulares y gigantes llegando a un estado de trance para que a través de la música y la danza alcancen el estado estático de amor universal y así poder liberar al individuo de la ansiedad y el dolor de la vida diaria.
Sorprendida por su entrega a la afición a la pesca, el puente que une las dos Europas parece una línea infinita de pescadores aburridos por peces minúsculos que recordaban los jubilados que tienen que pasar el rato de alguna forma, una imagen que recordaba la película “los lunes al sol”.
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Texto y fotos: Amor Pujol, viajera intrépida
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